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La necesidad de creer

Lic. Lila Isacovich

Directora del Área Asistencial de la

FUNDACIÓN BUENOS AIRES

La necesidad de la gente de creer es ancestral y de estructura. No hay sujeto humano que pueda vivir sin creer en algo, se llame como se llame. Hay multiplicidad de nombres para la creencia: Dios, ciencia, Naturaleza, fe, religiones, mitos e incluso ateísmo – ya que aún el ateísmo es la creencia en la no existencia de Dios -además de todas las ideologías (cosmovisiones) y filosofías varias (tanto orientales como occidentales). El sujeto está llamado a darle un sentido a su existencia y no hay nadie que escape a esta necesidad intrínseca a lo humano.

La necesidad de creer

Los psicoanalistas pensamos que la vida en sí misma carece de un sentido (contrariamente a la visión religiosa) y por eso mismo cada uno tiene por delante la tarea de encontrarle un sentido que la justifique. Y, por qué no, también creemos en la existencia de lo inconsciente como resorte fundamental de nuestra vida psíquica.

Uno de los más reconocidos analistas, J. Lacan, se refirió a esta cuestión diciendo: “no es que Dios ha muerto (como profetizaba Nietzche) sino que es inconsciente”. Parafraseándolo, creemos que Dios es una construcción conciente e inconsciente de los hombres para dar cuenta de la razón última, de la causa, y preferimos pensar que la religión de los mortales es la creencia en un Otro, así, con mayúscula, que nos protege, nos ampara, nos ama y vela por nuestro bien.

La problemática subjetiva comienza desde el momento mismo de la adquisición del lenguaje, por la discordancia entre lo que se dice y lo que quisiéramos decir, donde las palabras parecen no abarcar nunca la dimensión del ser, que las trasciende. Ese déficit es lo que buscamos incansablemente remediar, pero ese vacío se traduce muchas veces en angustia o sinsentido. Esta respuesta es más frecuente entre los más sensibles o curiosos, preocupados por cuestiones que exceden la vida cotidiana.

Cuando estamos inmersos en la rutina y en los problemas más básicos que tenemos que resolver (la subsistencia, el “maestro apremio de la vida” como lo llamaba Freud) o cuando encontramos algo que nos apasiona, ambas cosas llenan ese agujero central vacío de sentido.

Freud concebía la salud como la capacidad de amar y trabajar. El oficio, la profesión, la creación artística y el amor en todas sus formas, son los mejores antídotos para protegernos de la caída en el abismo de la falta de sentido y la soledad. Claro que en la visión religiosa, esa falta es interpretada como falta de fe y merecedora de piedad.

Pero a los analistas, nos demanda un trabajo arduo y minucioso con cada persona en singular recuperar –si es que lo perdió – su deseo y su propio camino. En ese andar suele suceder que no solo se recuperen las ganas sino que se descubra justamente eso: que no hay un sentido predeterminado y que, como en las palabras de Antonio Machado, “se hace camino al andar, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar…”

En esa travesía, si contamos con el talento y el coraje necesarios, quizá logremos prescindir de ese Otro, llámese Dios o Padre o Destino, y despojarnos de su bendición. El trabajo terapéutico nos deja en las puertas de nuestra decisión, que solo cada uno puede abrir, sin saber exactamente qué hay del otro lado. Es el margen de libertad posible si nos emancipamos de ese Otro que suele aplastar nuestro deseo bajo las diversas formas de la obediencia o del sometimiento. Como criaturas que somos, llegamos al mundo desamparados y dependemos enteramente del otro para sobrevivir. Esa inicial vivencia de dependencia absoluta es una marca indeleble que nos lleva la vida tramitar. Es la universal tarea que el sujeto normalmente tiene pendiente, si es que desde el vamos encontró alojamiento en el Otro, algo que no siempre ocurre y nunca es de la misma manera. Cada quien se encuentra con otros en posiciones muy diversas –tantas como personas hay – y la combinatoria da resultados singulares, según como es “interpretada” esa posición. El niño se esfuerza por “leer” la demanda que su otro le dirige y de acuerdo con lo que entiende irá construyendo un código según el cual se pensará a sí mismo y a su entorno. Ese modelo es estructurante, es un modo de funcionar inconsciente que determina nuestras relaciones y creencias.

La posibilidad que nos brinda el análisis es advertirlo y, en la medida de lo posible, en lugar de estar determinados por ese patrón, usar el margen de libertad posible que surge de conocerlo. Y así mudar, como decía Freud, la miseria histérica – digamos neurótica – en infortunio corriente, advertidos de los avatares de la vida y de la imposibilidad de controlarlo todo. Estamos, como decíamos, arrojados al mundo y atravesados por esa imposibilidad.

Esta incertidumbre nos vuelve creyentes y por eso nos encomendamos a Dios, Todopoderoso. El trabajo con los resortes de esa creencia abre una hendija por la cual, eventualmente, puede abrirse otra posibilidad: la de hacernos responsables de nuestro destino.

Fundación Buenos Aires: www.fundacionbsas.org.ar